El bondi de la Trans Salvador para Santa Cruz de la Sierra salió de Calama a las once de la noche. Me esperaban 31 horas de viaje, el más largo hasta aquel entonces, y con diferencia. Saqué de la mochila grande dos libros, un montón de lana para tejer y la compu cargada a full, aunque nada de todo aquello me sirvió, ya que por una vez conseguí dormirme nada más al dejar la terminal, y casi no abrí ojo en todo el viaje.

Sobre las cinco de la mañana, llegamos a la aduana de Pisiga-Colchana. Pasar por una frontera internacional siempre tiene sus propio rituales, aunque haya variantes que cambian cada vez: sacar la mochila, el oficial del país de salida que controla si no te excediste el tiempo límite permitido en su país… Contenés el aliento mientras el oficial del país de ingreso decide si te va a dar el tiempo máximo permitido, o si tendrás que pasar por la molestia de pedir una extensión al final del primer mes.

Pero bueno, cinco horas más tarde ahí estaba, lista para seguir, con el sello de las autoridades chilenas y bolivianas.
A las seis de la mañana del día siguiente, llegué finalmente a Santa Cruz de la Sierra. Había decidido buscarme cama en un hostel en lugar de hacer Couchsurfing, para poder tener el tiempo y la libertad de sentarme a escribir un poco. Pero, obviamente, no sabía que mi compañera de cuarto iba a ser Isabel. Conocí sus bombachas rosadas antes que su cara, y tuve que gritar mi nombre un par de veces antes de que lo entendiera. Esta señora inglesa parecía algo fuera de lugar en un hostel lleno de mochileros recíen salidos de la universidad, pero estaba llena de energía. Ya llevaba más de un mes en Santa Cruz, odiaba Bolivia y sin consultarme había decidido que iba a ser mi guía por el día.

Así que en lugar de sentarme a escribir, ma pasé el día escuchando las historias de Isabel y deprimiéndome sobre la mierda de transportes bolivianos, su mala leche y rebuscándome un plan B.
Pero finalmente llegó el alba del día D, y antes de darme cuenta me estaba apresurando al Aeropuerto Internacional de Viru Viru. Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña, no es así el dicho? Así que ya que yo no tenía la más mínima intención de volver a mi casa durante mucho tiempo, mi familia por entero había venido a verme.

En el Salar de Uyuni

El avión no había ni siquiera aterrizado, que ya tenía los ojos hinchados por las lágrimas. Abrazar a mi mamá y mi papá después de nueve meses fue la sensación más linda del mundo. Los dos parecían mucho más pequeños, como si yo me hubiese hecho grande con mis experiencias alrededor del mundo.

Mis papás en el teleférico de La Paz

Viajar durante cinco semanas con mi familia no fue tan fácil. Mi viaje cambió completamente, y tuve que dejar de lado muchas de mis costumbres. Ya no estaba sola, lo que significaba pensar para cinco personas, y ya no para una.

Noemi en la Isla del Sol (Copacabana)

Ya que mi hermana y su novio se juntarían la semana siguiente en Uyuni, mis papás y yo visitamos rápidamente los atractivos principales entre Santa Cruz y el salar, sin tomarnos el tiempo de pausar y disfrutar a fondo de cada lugar. Mi tiempo se hizo limitado, y ya no era viajera, sino turista.

La opción ya no era la más barata, sino una mezcla de valor y comfort que antes no podía permitirme. La cama del dorm más barato en el hostel se convirtió en un cuarto privado con desayuno incluido en un hotel mediano. Todavía comíamos en los mercados, pero de vez en cuando también nos regalábamos una cena en un restaurante más turístico.

En las calles de La Paz

¡Hasta volamos! Después de nueve meses viajando solo por tierra o río, me vi pasar de una altura de 3.500 m.s.n.m. y una temperatura de 15ºC a unos 400 m.s.n.m. y 35º en tan solo cuarenta y cinco minutos. Volé por encima del Amazonas y vi la inmensidad de la selva desde la ventanilla de un avioncito minúsculo, sintiendo que me estaba pirdiendo toda la diversión.

Visitamos casi todo por tour. El Salar de Uyuni, Toro Toro, el Parque Nacional Madidi: todo lo hicimos con guía, todo lo hicimos de la forma más rápida y fácil posible. La diferencia con mi viaje anterior era enorme, pero igual conseguía apreciar la sencillez con la cual salía todo, y me sentí como si estuviera tomándome una pausa desde mi propio viaje, como si estuviera de vacaciones.

De pic nic en la Isla del Sol

Viajar con mi familia significó poder por fin pasar tiempo de calidad con ellos, tener el tiempo de hablar con calma y de ponernos al día. También fue importante para mí poderles enseñar que estaba feliz, que estaba haciendo lo que más amo, y que lo estaba haciendo todo sola.

Volver atrás hasta el día que dejé a mis papás en el aeropuerto me crea una sensación de vacío increíble. De repente me sentí sola, como si faltara una parte de mí. La familia es la familia, aunque quieras convencerte que sos una mujer adulta, fuerte e independiente.

El primer pedacito de corazón se fue en el pueblo de Toro Toro. El conductor del trufi no conseguía encontrar las llaves de su veículo (¡tan típicamente boliviano!), así que seguí agarrando a mi hermana de la mano, sin quererla dejar. El tipo tardó más de media hora en encontrar su llave, y luego se fue, llevándose a Noemi y Thomas, lejos de mí, hacia Cochabamba y luego, de vuelta a Italia.

Son lugares raros, los aeropuertos. Cualquiera puede ver tu cara roja e hinchada por las lágrimas, y dan igual los esfuerzos que hagás por esconderte mientras te despedís. Te quedás allá, sentada en una mesa de plástico y tomando un chocolate caliente que a todo sabe menos que a chocolate, haciendo tiempo hasta que llegue el momento de que ellos pasen por aquella maldita puerta. Mirás por otro lado para no llorar, hablando de cualquier boludez para evitar aquella pregunta que todos tenemos en la cabeza: ¿Cuándo volveremos a vernos?

Salar de Uyuni

 

INFORMACIÓN ÚTIL:

Bus Trans Salvador de Calama a Santa Cruz de la Sierra: 40.000 CLP (31 horas maso)

Hospedaje en Santa Cruz: Hostel Coco Jamboo, 55 Bs en dorm con desayundo incluido.

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