Enamorarse en el Camino – parte segunda

Seguimos caminando por ese rojo camino polvoriento que nos llevaría al siguiente pueblo, São Luiz Gonzaga. Según nos habían dicho, nos quedaban unos treinta kilómetros, es decir, unas seis horas de marcha.

Empezamos a caminar de buenas ganas, acompañades por el canto chillón de los benteveos. Las supersticiones locales cuentan que este pájaro, llamado también pitogüé o bichofeo, anuncie algún mal augurio o embarazo en la familia, pero no fue nuestro caso. El calor era sin embargo casi asfixiante y en poco tiempo quedamos sin reservas de agua.

Al horizonte se entreveía una casa, así que nos acercamos a la reja, tocando las palmas para llamar la atención de sus inquilines. Esa curiosa costumbre, que desconocía por completo, es aparentemente muy popular en las zonas rurales, donde la mayoría de las casas o fincas no tienen timbre. La praxis es, por lo tanto, la de aplaudir y esperar la inmediata llegada de la habitual media docena de perros que alertará a les dueñes de la vivienda.

Una mujer se nos acercó con un andar lento pero seguro. Tras explicarle que éramos peregrines, Nara nos invitó a pasar y a rellenar nuestras botellas de agua.

Nos contó que su casa solía ser una de las posadas del Camino de las Misiones, pero que el cansancio de los últimos años la había llevado a dejar la ocupación. Y si la mitad de su cara estaba paralizada en una expresión severa, la otra mitad era dulce y sonriente, y sus ojos buenos brillaban de ternura.

Dona Nara

Nos ofreció unos saladitos que tomamos junto al chimarrão, para acompañar la charla.

Rechacé con educación los que llevaban carne, pero ahí su rostro cambió, y de repente entendí que había cometido un error. Fue ese mi primer choque con una cultura que no solo no comparte, sino que no entiende las razones éticas detrás de una dieta libre de productos de origen animal. En el estado de Rio Grande do Sul la gente vive principalmente de ganadería, y sus verdes campos son tierra de gauchos que por la gran mayoría llevan con orgullo apellidos de origen italiana o alemana.

Recién llevaba un par de meses en mi vega-vegetarianismo, y si bien la transición no había sido tan difícil en mi mes trabajando en un hostel en el Paraguay, lo estaba siendo cada vez más de vuelta a la vida nómada.

Mis principales aflicciones tenían que ver con el viaje y la gente. Hasta ese momento, la comida había sido un elemento súper importante de mi viaje. En todo momento probar comida de todo tipo había sido para mí una forma de integración con la cultura local. ¿Cómo sería a partir de ahora, cuando me tenía que limitar a las opciones vegetarianas (¿Veganas? ¡Olvidáte!) de la cocina local? Segundo, y no por importancia, estaba la ofensa que así, aún sin querer, causaría en la gente que, puntualmente, me abría las puertas de su casa. La reacción de Nara me hizo sentir bastante caca, por lo que en ese momento decidí que tenía que ser flexible, y hacer excepciones en caso de estar invitada.

Arroz carreteiro

Después de unas cuantas charlas, seguimos el camino. Nara nos recomendó parar en casa de su amiga Vânia, unos 10 km más adelante, que seguramente nos ofrecería techo y comida.

Volvimos así a la ruta, y en un par de horas dimos con la casa “después de la escuela”. Los perros de Vânia nos escucharon llegar antes de que tocáramos el “timbre rural”, y como ya de costumbre, vimos acercarse la figura de una señora.

La mirada de desconfianza se transformó rápidamente en una sonrisa de bienvenida en cuanto contamos a Vânia que éramos peregrines y que veníamos de parte de Nara. No hizo falta decir nada más: esa noche éramos sus invitades. Nos quedamos charlando y tomando chimarrão, aunque su primera preocupación fue que nos ducháramos.

Pasé encantada al baño, y tomé la primera ducha caliente en días. En São Miguel das Missões habíamos aprovechado de la ducha de la gasolinera Petrobras, que honestamente se merecía cinco estrellas, pero la única alternativa desde que habíamos empezado el Camino había sido la manguera de la tapera de Bugre en São Lourenço.

Un gesto tan habitual como el del “pasar a la ducha” se había convertido en un lujo en el viaje a dedo, y sentir el agua fluir caliente sobre la piel enjabonada era ahora un placer intenso, así como lo era envolverse después en una toalla que no fuera la de microfibra de Decathlon.

Mientras tanto, habían llegado Joel, el esposo de Vânia, y su hijo, en perfecto estilo gaucho: a caballo, con botas de cuero y camisa manchada por el sudor del trabajo en el campo, una imagen extremadamente romántica en el atardecer sul-rio-grandense.

Llegó otra pareja de amigues de Vânia, y la casa empezó poco a poco a llenarse de gente y de risas. Se hizo así la hora de pasar a la mesa, donde nos esperaba un montón de carne, pero también arroz, mandioca y ensalada.

Foto de grupo en la cena

Esa noche fue como encontrar a una amiga y confidente, que, a pesar de la diferencia de edad y de haber sido una completa extraña tan solo unas horas antes, parecía entender a la perfección mis sentimientos de enamoramiento e inquietud sobre lo que vendría después. Joel y yo teníamos planes y viajes diferentes, y la idea de la inminente separación se hacía cada día más cercana, y al mismo tiempo más lejana.

Vânia nos ofreció un cuarto para nosotres soles, y por primera vez en días nuestros cuerpos exhaustos consiguieron descansar en una cama de verdad.

Vania y Joel

A la mañana siguiente, nos despedimos temprano de nuestres huéspedes. El Joel brasileño se fue a trabajar al campo y Vânia condujo hasta la escuela de São Lourenço, donde trabaja. El Joel argentino y yo empezamos a caminar aprovechando de la frescura matutina.

Joel en el Camino

Nuestras botas se fueron cubriendo nuevamente de la roja tierra misionera. Después de horas de marcha bajo el sol rodeades por campos de trigo, llegamos a São Luiz Gonzaga.

Con sus 35.000 habitantes, la ciudad es considerada la capital de la música misionera, y es el mayor centro urbano que encontramos en el camino. Por esta misma razón, nos fue más difícil encontrar dónde acampar. Nos indicaron el Sindicato Rural, y allá conseguí que el señor Durval, cuidador del lugar, nos dejara acampar dentro de un edificio vacío del club.

Con Durval

Así pasamos dos días disfrutando de la tranquilidad del Sindicato, paseando entre los establos y jugando con los perros, leyendo y cocinando. Durval, al principio medio gruñón, se reveló extremadamente amable con nosotres y nos ofreció un montón de leña buena para hacer fuego.

Dejamos el club en la tarde de nuestro segundo día en São Luiz Gonzaga, y seguimos la calle principal cruzando así la ciudad de punta a punta. Después de casi una hora llegamos a la entrada de la ciudad, donde la urbanización termina oficialmente y el asfalto deja espacio a la naturaleza incontaminada… o casi.

El camino de tierra roja seguía por campos de trigo recién cortado. Sin encontrar mejor opción, cuando empezó a oscurecer decidimos acampar ahí mismo, al lado de un mato, allá donde la hierba nos suavizaría el picor del trigo. El silencio de un hermoso atardecer solo estaba interrumpido por los pocos autos que pasaban por la ruta y el lejano ruido de un tractor que aprovechaba las últimas horas del día para labrar la tierra. Durante la noche, nos acompañó tan solo el chirrido de los grillos del mato.

Los hermosos atardeceres en el Camino

Nos despertamos sedientes y nos pusimos en marcha de buena hora. Pero el sol parecía haber madrugado con todas sus fuerzas, y el calor empezó a apoderarse de toda nuestra energía. Ya no nos quedaba más agua.

Acampo en el campo de trigo

Después de un buen rato, entrevimos unas casas a la distancia. Un camino largo y empinado nos separaba de ellas, pero no teníamos otra que tentar la suerte. Nos acercamos a una casita humilde, donde una familia nos regaló agua bien helada.

El sol seguía fuerte, y seguíamos teniendo sed. Más adelante paramos a tomar agua de un río, pero la sed era mucha y el agua acababa rápido.

Por suerte, no tardamos en encontrar otras casas. Dona Antonia nos abrió la puerta y nos preguntó inmediatamente si queríamos quedarnos a dormir. Nos contó que era la dueña de una de las posadas del Caminho. Confesamos humildemente que no teníamos plata para pagar, y ella enseguida nos contestó que podíamos quedarnos gratis, y que también podía ofrecernos algo para almorzar. “Una comida pequeña y simple, no esperaba invitades… Arroz con porotos, tal vez unos huevos”.

Antonia y Nodil

Cuando pasamos a la casa después de bañarnos y descansar un rato, la mesa estaba cubierta de ollas rellenas de cualquier tipo de comida gaúcha: carreteiro, sopa de mandioca, arroz y un montón de verduras.

Pasamos el día tomando chimarrão, alimentando los animales y compartiendo con nuestres anfitriones.

Nodil dando de comer a las gallinas

Dona Antonia y su esposo Nodil nos invitaron también a cenar, y nos ofrecieron el desayuno al día siguiente. Dejamos su casa llenes de esa gratitud que tan a menudo sentiríamos en el Caminho, felices de ser testigues, una vez más, de la amabilidad que les humanes reservan a los miembros de su propia especie. Una vez más habíamos entrado en una casa como extrañes, y salido como amigues. Una vez más tuvimos un recordatorio de que elegimos viajar no solo para ver lugares, sino para conocer personas.

Dona Antonia intenta taparse con una revista 🙂

Nos despedimos al amanecer y nos pusimos en marcha para aprovechar las primeras horas del día y poder llegar a São Nicolau, el siguiente pueblo. Por una vez el calor no nos atormentaba, y pudimos caminar llenes de energía. Pasaron dos gauchos a caballo acompañados por sus fieles perros, una imagen tan pintoresca que nos puso la piel de gallina.

Gauchos

El aire frío nos puso contentes, y disfrutamos un montón de la caminata… hasta que empezó a llover. Decidimos buscar reparo. Por suerte, no lejos de ahí, había una parada de bus, de esos del campo que pasarán con suerte una vez al día. Nos preparamos a esperar.

De nuestro cobijo improvisado filtraba agua por todos lados. El viento iba soplando cada vez más fuerte, el aire estaba cada vez más helado, y empezamos a cagarnos de frío. Sacamos pilotos y bolsas de dormir, intentando calentarnos como podíamos.

Pasaron otros dos tipos a caballo, transportando una vaca, o lo que quedaba de ella. Pararon a charlar un rato, y nos dijeron que vivían en la casa de atrás, y que si necesitábamos cualquier cosa podíamos pasar. Llegamos al punto en que ya no podíamos más con el frío, y aceptamos la invitación de Ivo a quedarnos bajo su porche.

Del porche pasamos rápidamente a la mesa: era domingo, día de churrasco. Joel estaba feliz como una perdiz: la mesa estaba llena de carne de cualquier tipo que Ivo y su cuñado estaban asando, mientras preparaban también chorizo casero. La vaca que poco antes habíamos visto pasar estaba ahora colgando del techo, cortada en pedazos y procesada en carne picada que luego Ivo y el cuñado mezclaron con carne de cerdo para llenar el chorizo.

A pesar del horror de lo que pasaba frente a mis ojos, disfruté mucho del almuerzo y de la compañía de la familia de Ivo y Joana. Cuando la lluvia pareció encontrar paz volvimos a nuestro camino.

La familia de Joana e Ivo

La lluvia nos detuvo un par de veces más, y cada vez parecía que ese día que tan bien había empezado no íbamos a poder llegar a destinación. Nos refugiamos bajo otra parada rural, y pensamos pasar la noche en una tapera maloliente cuando, finalmente, salió el sol.

Dona Antonia nos había hablado de su amiga Irene, que seguramente nos podría ofrecer una cama. El paisaje a nuestro alrededor era simplemente magnífico: llegamos justo por la puesta del sol, y como prometido, Dona Irene nos recibió a brazos abiertos.

Mágico atardecer

Nos invitó a quedarnos en la casa de madera al lado de su granja, pero después de compartir chimarrão y una deliciosa cena junto con su hijo Ronaldo y su cuñada, nos hizo pasar sin dudar al cuarto de huéspedes, en la casa. Nuestros corazones explotaban de gratitud.

Con Dona Irene y Ronaldo

Después de un desayuno de campeones, al día siguiente Irene nos acompañó hasta la salida de su propiedad y nos mostró el camino que llevaba a São Nicolau. Nos despedimos de otro hermoso ser humano y nos pusimos en marcha.

Fue, para mí, el día más difícil del camino. Estaba con energía rebaja por los cólicos continuos, y el calor no ayudó. Caminamos lentamente, parando a explorar viejas taperas abandonadas o a descansar tirades por los campos de trigo.

Descansando y boludeando

¿Qué camino tomar?

Finalmente llegamos a São Nicolau, y entramos con gloria en el bar de la plaza muertes de hambre. Acampamos debajo de las mismísimas ruinas jesuitas en la plaza principal, en ese hotel mil estrellas que incluía baños malolientes, agua potable y ¡hasta WiFi!

Acampando debajo de las centenarias ruinas de Sao Nicolau

La mañana del 29 de noviembre nos pusimos en marcha hacia São José Velho, el siguiente pueblo. Para llegar, teníamos que cruzar en balsa el río Piratini, afluente del río Uruguay, que separa Brasil de Argentina. Por 5 Rs, el balsero nos llevó al otro lado del río, donde tuvimos que parar a descansar. Esta vez era Joel el que estaba sufriendo por una ampolla que le estaba haciendo un infierno el caminar.

Experta después de un mes en el Camino de Santiago, le hice la “pedicura” que ya había practicado mil veces en mis propios pies. Pero el dolor seguía fuerte, y avanzamos despacio, hasta que Joel no pudo más y decidimos parar.

Encontramos una iglesia con una canilla, y nos pareció el lugar ideal para acampar. Al lado de la iglesia había un club abandonado. Dimos la vuelta y encontramos la forma de entrar, así que pasamos con las mochilas y armamos las carpas al interior.

La sinuca, una especie de billar brasileño

El club tenía todo lo necesario: baños, mesas y sillas, una parrilla y hasta una sinuca, un billar típico de Brasil. Tuvimos pues con que entretenernos hasta volver a ponernos en marcha al día siguiente.

La ampolla de Joel estaba bien fea y caminar se le hacía a cada paso más difícil. De alguna forma conseguimos equivocarnos de camino, ya que en la tarde llegamos al pueblo de São José Velho, donde se suponía que llegaríamos solo un día después.

Unes paisanes nos invitaron a pasar la noche en la Asociaçâo dos Moradores, un pequeño espacio donde se reúnen les representantes del pueblo. Nos instalamos como pudimos entre las máquinas de gimnasio polvorientas que parecían pertenecer al siglo pasado e improvisamos una cama con unas colchonetas que encontramos en el edificio.

Comiendo risotto alla zucca

Mi gran compañero Bobby (o así lo llamé)

A pesar de querer continuar hasta São Borja, decidimos que São José sería la última etapa de nuestro camino. Estábamos cansades, y el pie de Joel no parecía tener intención de sanar en el futuro más inmediato. Mi plata empezaba a escasear, y tenía prisa de buscar trabajo.

Con gran pesar, decidimos volver a São Miguel das Missões, donde habíamos dejado parte de nuestras pertenencias.

Con Ana, de la Asociacao de Moradores

Nos despedimos de nuestres nueves amigues e hicimos dedo hasta São Lourenço. Teníamos ganas de volver a ver a Nice; Joel no paraba de hablar de ella, así que sugerí que le hiciéramos una sorpresa.

Cuando la Jeep que nos llevaba entró en el CTG y bajamos, nuestra amiga tardó en reconocernos. Pero cuando lo hizo sus ojitos miopes estaban húmedos de lágrimas. Nos invitó a quedarnos a dormir en el CTG y toda emocionada nos presentó a Lalo, su esposo de quien tanto nos había hablado en nuestro primer encuentro.

Lalo preparando churrasco

El día siguiente se venían los amigos de Lalo para compartir el churrasco dominguero, pero no fue tan agradable como esperábamos. Nice se pasó el día en la cocina, atenta a que sus huéspedes no se quedaran sin comida ni bebida, sacando cada dos por tres litros de cerveza de la heladera. Lalo, claramente borracho, se la pasaba riéndosela con sus amigos, servido por la mujer que, sentada en una esquina, comía como un pajarito. Ese Lalo de que tanto nos había hablado no se merecía ni un pedacito del corazón enorme de esa mujer tan hermosa.

Nos despedimos por última vez, con una sensación de triste impotencia frente a la unión de dos almas tan diferentes.

Nice y Lalo

Era el primero de diciembre, y ya llevábamos dos semanas en el Caminho. Nuestra relación se iba fortaleciendo cada día más, y les dos estábamos llenes de inquietudes. El plan original era viajar juntes unos días y luego cada une seguir por su camino, yo por Argentina y Joel por Brasil. Pero la fuerza de nuestros sentimientos que tanto nos sorprendió nos llenó de inquietudes sobre cómo seguir. Yo seguía posponiendo mi fecha de regreso a Argentina, y cada día me quedaba un día más.

Estaba muerta de terror a la idea de empezar un viaje a dos. Pero al mismo tiempo, me dije que era hora de sacar los ovarios y jugármela. Él era todo lo que estaba buscando: un compañero que compartiese mi amor por la ruta, por la gente, por la naturaleza. Era cierto que por primera vez en un año de viaje había conseguido armar un itinerario, pero ¿qué era un itinerario comparado con la posibilidad de haber encontrado al amor de mi vida?

Nunca sabemos qué nos puede reservar el camino, y el camino de quién podemos cruzar. Siempre y nunca son palabras que existen sólo en los diccionarios. Así yo, que nunca iba a dejar que mi corazón se abriera nuevamente, yo, que iba a viajar sola para siempre, yo, que por nada ni nadie iba a cambiar mis planes, lo hice. Cambié mis planes, cambié mi viaje, y por una vez elegí el amor.

El 3 de diciembre de 2017 salía a dedo junto a Joel desde São Miguel das Missões rumbo a Florianópolis. Era solo el principio de un largo camino juntes.

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