Pesadilla después de Navidad

La Navidad de 2017 me sorprendió en tierras brasileñas, y con mi nueva familia. Al terminar el Camino de las Misiones en Río Grande del Sur, Joel y yo habíamos llegado a dedo hasta el estado fronterizo de Santa Catarina. Después de unos días de espera interminable en la ruta, de viajes tirades en camionetas de basura y de encuentros inesperados que nos llevarían a descansar en un hotel de lujo, nuestra última carona nos llevó hasta un pueblo llamado Porto Belo.

Antonio nos levantó en su furgoneta que cargaba basura y a Joel le tocó el asiento más cómodo que nunca

Durante unos días, estuvimos acampando en una playa prácticamente desierta, donde nuestra única preocupación fue turnarnos para ir al supermercado a comprar comida. Bueno, la mía también fue comprarme un bikini, ya que llevaba meses usando ropa interior en su falta. En vista del plan de pasar las siguiente semanas en el litoral catarinense, decidí sin embargo que ya era hora de tener algo más sobrio, pero no había contado con la fama de las bombachas brasileñas: hilo dental en la gran mayoría de los casos. Y como no tenía ningunas ganas de exponer mi trasero de forma tan desculada, encontrar un modelo más ortodoxo fue mi misión, la que se reveló sólo parcialmente exitosa.

La playa de Porto Belo donde estuvimos acampando

En nuestra humildad tenemos mejor vista que les riques!

Porto Belo nos encantó por su tamaño y tranquilidad, pero nuestro objetivo era juntar dinero y por ende necesitábamos una zona más turística. Con mucho pesar, nos trasladamos a Bombas, unos 9 km más a este. La temporada no había todavía empezado, pero ya se veía mucho más movimiento. Acá el tema del acampo se hizo más complicado, y tuvimos que arreglárnosla escondiéndonos en una islita cuyo acceso se restringía con la alta marea. Tuvimos así una especie de playa privada, donde nos refugiamos los primeros días, mientras se desarrollaba la odisea de encontrar un piso en alquiler. De una u otra forma, conseguimos evitar los cuartos podridos de la costurera del pueblo y alquilar el estudio de Nilson por 1300 Rs.

La vista cada mañana desde nuestra playa privada en Bombas

Yo conseguí trabajo en un bistrôt que luego cambié por otro en una cantina italiana que de tano no tenía ni el nombre, y Joel empezó a laburar en una pizzería. Así pasamos los primeros días en Bombas, compartiendo por la mañana y trabajando por la tarde/noche. Aunque nuestres compañeres no brillaban por inteligencia y a pesar de las divergencias (¡que nunca falten!) con los respectivos patrones, les dos nos fuimos acostumbrando al trabajo de camareres y preparando para la llegada de la primera ola de porteñes que convertirían el pueblo hasta entonces tranquilo en una colonia argentina. El portugués desaparecería para dejar espacio al español, nos decían unes. El pueblo se va a saturar de argentines de veraneo y ya ni va a parecer que estamos en Brasil, nos confirmaban otres.

Pero nunca llegamos a confirmarlo, ya que nuestra aventura laboral acabó antes de empezar.

Turnándonos para buscar dónde pasar la noche – playa de Bombas

El 24 de diciembre mi restaurante quedaba cerrado, así que me pasé la tarde cocinando, con la esperanza de reproducir algo de atmósfera navideña que otra vez, en la playa y con 30 grados en la sombra, no sentía. Compré una botella de mi vino preferido, todo un lujo con nuestro presupuesto mochilero, y me puse a preparar una rica cena vegetariana. Joel volvió del trabajo y pronto se acabó tanto la comida como el Carmenère. Nos dispusimos a ver Cinema Paradiso, su película favorita, que por una vez sustituyó la obsesión navideña de mi hermana por el Grinch.

Qué no falte la foto de la cena de Navidad

La noche del 25 de diciembre empecé a sentir una ligera molestia en el ojo derecho, pero no parecía tener nada, así que me fui a dormir tranquila.

La mañana del 26 de diciembre me desperté con un ojo rojo y secreciones blancas. La molestia se había convertido en dolor, y aprovechando el hecho de tener un puesto de emergencias a pocos metros de casa, fuimos a solicitar atención médica.

Después de una breve espera, me recibió una doctora que con sus largas garras pintadas de rosa me abrió el ojo, y sin que sus pestañas postizas se movieran de un milímetro, me dijo que tenía conjuntivitis. “Es muy común acá, el sistema de desagüe no está preparado para recibir tanta gente y hay bacterias por todo lado. Unas gotas de colirio y en unos días te pasa, no es nada de qué preocuparse”.

Compramos el colirio recetado y ahí me di cuenta de que entre los papeles también había uno que me dispensaba de trabajar en los tres siguientes días. Pero tan buena trabajadora soy que me tengo que estar muriendo para no ir a laburar, así que el 27 de diciembre a las 16h en punto me presenté de todas formas al restaurante lista para levantar mesas. En mi bendita ignorancia, no tenía ni idea de que la conjuntivitis era contagiosa, pero mis compañeres no tardaron en mostrarme que mi presencia era indeseada, así que me volví a casa cabizbaja.

Esa noche me fijé en mi imagen reflejada en el espejo más que de costumbre, observando bien mi ojo. Parecía tener una mancha blanca, que imaginé fuese una acumulación de la secreción. Me lavé bien las manos e intenté sacarla con un dedo, cuando con horror me di cuenta de que la mancha no estaba encima de mi ojo, sino dentro de mi ojo.

Antes de tener un ataque de pánico, volví a urgencias. Otra vez la registración, otra vez la toma de presión, otra vez pasé al estudio de un doctor con aire de hipster que me dijo que es solo conjuntivitis, que tranquila que un montón de gente la tiene, pero que si quería podía tomar antibióticos. Todo lo que tomo son hierbas, así que no gracias, no quiero. Pero si no hay otra, ya tomaré, qué sé yo. A nada sirvieron mis insistentes pedidos que me encaminaran a un especialista: era solo conjuntivitis, no hacía falta.

El 28 de diciembre decidimos ir a una clínica privada. Mi seguro de viaje había caducado justo el mes anterior, y aunque no tenía ninguna ganas de gastar plata en doctores, no me fiaba de les de urgencias. Sin embargo, mientras esperábamos un bus que no pasaba nunca, conocimos una cordobesa que llevaba años viviendo en Bombas y que nos indicó un farmacéutico que “sabe mucho más que cualquier médique de acá”. Ya era tarde y Joel entraba a trabajar, y la clínica estaba en Porto Belo. Decidimos darle una chance al súper farmacéutico, que miró con desdén la receta de los antibióticos y con aire de confianza me dio otro colirio. Parecía estar muy seguro de que fuera conjuntivitis, y como siempre hago cuando me dicen lo que quiero oir, le creí.

Pero el 29 de diciembre empecé a tener mucho miedo. Mi ojo no solo no mejoraba, sino que empeoraba. Cada vez se veía más chico, más rojo, con más secreciones. Mi iris estaba cubierto por una capa blanca que le daba aire de ojo de pescado muerto. La luz, fuera natural o artificial, me mataba, y habíamos resuelto cubrir el ojo con una venda. Joel avisó que iba a faltar al trabajo y nos fuimos hacia Itapema, donde según Google había un par de clínicas.

Me dejaba llevar por él como un ciego se deja llevar por su fiel perro. Sola no podía ni poner un pie detrás del otro. Agarrada de su brazo, estaba completamente entregada. Dos horas para recorrer 20 km a causa de la pésima conexión y frecuencia de los bondis, llegamos finalmente a la ciudad. Nos equivocamos de parada, y caminamos un buen rato antes de entrar en una óptica a pedir ayuda. Escribo al plural, pero todo lo hizo Joel: yo estaba completamente ciega y por ende inútil. Dos señoras dejaron la tienda para acompañarnos en auto a la clínica. Seguíamos encontrando ángeles en nuestro camino.

Aún sin ver nada, podía sentir que la clínica donde nos encontrábamos era de alto nivel. Por un lado se me retorcían las entrañas pensando en la cantidad de plata que no tenía y que iba a gastar, pero por otro lado me tranquilizaba sabiendo que estaba finalmente en buenas manos.

Representación psicodélica de mi ojo ya sanado (Italia, febrero de 2018)

El cruel veredicto llegó rápido: úlcera corneal con hipopióntoda joya. Traducido para les que no somos oculistas: tenía una herida abierta en la córnea, o sea aquella capa protectora que cubre el ojo. El bonus del hipopión hacía que la herida no solo se hubiese comido mi córnea, sino que hubiese traspasado más dentro del ojo todavía. Si tienen el estómago débil, eviten googlear mi regalo de navidad.

Así bien, después de haberse consultado con otra médica, el doctor me recetó tres antibióticos diferentes a suministrar cada hora y media. Día y noche. Vista la gravedad de la infección, nos dijeron que volviésemos a pasar dos días más tarde.

El domingo 31 de diciembre la doctora vino en shorts a abrir de forma excepcional la clínica. Me preguntó cómo me sentía, y yo, eterna optimista, le dije que me parecía mejor. Joel no paraba de decirme que se me veía mejorada, que mi ojito volvía a ser lindo, haciendo el esfuerzo enorme de sonreir frente a mi ojo que ya se veía completamente muerto. Todavía no había acabado de sacar la venda, que la doctora anunció sin muchos rodeos que la situación había empeorado y que tenía que internarme. Su secretaria que también había llegado al trabajo especialmente por mí hizo un par de llamadas y me encontró una cama disponible en el Hospital Regional São José de Florianópolis.

Nos fuimos tal cual, sin nada más que nuestros documentos y escasos ahorros. Un taxi hasta la terminal, una pelea con un chofer que tuvo la pésima idea de querer estafar a un Joel con los nervios a flor de piel, tres horas para hacer 70 km en bus y por fin llegamos al hospital.

Nos registramos y pasamos una cantidad de horas infinitas esperando que fuera mi turno. Pasamos el tiempo intentando dormir o  discutiendo sobre mi futuro look de pirata, imaginándome una sexy venda negra cruzándome diagonalmente la cara. Mejor eso que lucir como Polifemo, los cíclopes nunca fueron muy a la moda.

Estudio realizado en Italia donde se ve la cicatriz que me quedó en la córnea

Cuando por fin me visitaron, me confirmaron el diagnóstico recibido en Itapema: úlcera corneal con hipopión causada por una bacteria que nunca consiguieron identificar (el ojo había recibido demasiados antibióticos para poder decir) unida al uso de las lentes de contacto. La otra buena noticia fue que seguramente necesitaría un trasplante de córnea. La pélicula de terror recién había empezado, por si nos hubiese ocurrido dejar la sala antes de que llegara la mejor parte…

A pesar de todo, el saberme atendida me calmó de una forma impensable. Mi terror anterior surgía de la desconfianza hacia les médiques que me habían visitado, pero ahora estaba tranquila: les otres pacientes en espera no paraban de elogiar el hospital donde nos encontrábamos, desde la atención médica hasta la comida, les doctores parecían saber lo que hacían y sobre todo, iba a estar vigilada las veinticuatro horas. Me dieron colirios a pingar (la palabra que más usaría en las próximas semanas) cada media hora, día y noche of course, y a las veintiuna horas del treinta y uno de diciembre de dos mil diecisiete firmé mi internación en el Hospital Regional São José de Florianópolis.

Una enfermera nos acompañó al que sería mi cuarto, en el tercer piso. De las tres camas, una estaba ocupada por Luana, amorosamente vigilada día y noche por su madre Edna. Lu, que pronto iba a empezar su primera experiencia como profesora, había tenido un accidente en moto con su novio y se había roto siete costillas y un brazo, y como yo también tenía un bonus: neumotórax.

Luana y yo en nuestro cuarto de hospital

Unos días más tarde llegó Dona Gloria, una mujer fuerte y orgullosa que no se dejaba dominar por su mediocre marido. En el baño del que siempre salía perfumada, colgaba su tanga de encaje rojo que se diferenciaba de las bombachas con dibujitos de Luana o de las mías, que ya habían visto demasiada ruta. Mujer muy religiosa, era extremadamente graciosa, y se quejaba todo el rato de los medicamentos que le causaban flatulencias. La internaron por un fuerte dolor en el abdomen, y a pesar de las docenas de exámenes que le hicieron, me fui sin que hubiesen encontrado la causa. La enfermedad, fuese la que fuera, se la llevó unas semanas después de que mi alta. Su gran fuerza no había podido con su mal. 

La fuerza hecha mujer, Dona Gloria a la derecha

Ese 31 de diciembre, elegí la cama al lado de la ventana queriendo tener una vista a la vida allá fuera, pero pronto me cambié por la que estaba más lejos de la luz, escondiéndome detrás de un biombo para tener la mayor oscuridad posible. Joel salió a comprar cepillos de dientes y dentífrico, y como la cena se había servido hacía horas ya, también unas barritas de chocolate. La farmacia era la única tienda abierta a esa hora y como siempre vendía tanto la cura como la enfermedad.

Joel no dejó que ningune enfermere me cuidara y puso el despertador cada media hora para aplicarme el colirio que cada vez me quemaba el ojo. Cuando sonó el alarma de la media noche, los fuegos artificiales nos recordaron que fuera de las blancas paredes del hospital la vida seguía y la gente celebraba el fin de un año y el comienzo de uno nuevo. El negro cielo catarinense se fue llenando de colores, y Joel y yo nos quedamos observando desde la ventana, celebrando nuestro primer año nuevo juntes de la forma más inesperada.

Los días pasaron lentamente, empezando con las citas médicas de las 8 AM junto con los otros pacientes de oftalmología. Ellos, todos hombres y con problemas parecidos al mío, se habían merecido el privilegio de estar en el único cuarto oscuro especialmente reservado. Hombres y mujeres teníamos cuartos separados (“una vez encontramos a dos pacientes en actos… íntimos, y de ahí decidimos separar los cuartos por género”) y la (mala) suerte quiso que el único cuarto para pacientes de oftalmología ya estuviera ocupado por hombres. Te jodés menina, y así pasé mis días luchando contra la ignorancia de quienes no entendían que la luz me remataba y querían cortinas abiertas a toda costa.

El sonido de la televisión constantemente encendida y sintonizada en el canal de novelas (porque éstas son el pasatiempo nacional y hay una por cada hora del día) que para alguna era razón suficiente para no bajar a cenar, me acompañó durante las tres semanas de internación. Novelas y religión fueron los temas más hablados. Del tipo que si te ponías en el sofá del pasillo a leer como podías y apagabas la tele, al toque llegaba alguien que te preguntaba “Você não gosta de assistir?”, tomaba el mando y volvía a poner la novela turca del momento. O si no, pasaban miembros de no sé qué asociación católica pidiendo permiso para rezar por mí. Así que de un lado tenía a mi hermana recitando mantras budistas, de otro a mis amigues Haré Krishna bendiciéndome desde Chile, y ahora tenía a un montón de católiques, protestántes, evangéliques de cualquier iglesia rezando para mí. Con tanta gente rezando, la sanación de mi ojo estaba asegurada.

Selfie espantosa sacada con el ojo ya casi recuperado

Joel se pasaba los días a mi lado, sentado en una silla y durmiendo como podía con la cabeza apoyada a mi cama. No había forma de que se separara de mí, y tardé diez días en convencerle de que aceptara una cama en la casita que el cura reservaba a les familiares de les pacientes.

Entre todo tuve la suerte de enfermarme en un país que garantiza asistencia sanitaria gratuita a personas de toda nacionalidad, y más todavía por haberlo hecho en uno de los estados más ricos del país, donde los hospitales funcionan bien y les médiques son profesionales. Así me decía la gente, imagináte si te hubiese pasado en el Nordeste… ya te podías despedir del otro ojo también.

Los días pasaban. Cada semana me visitaba une nutricioniste de práctica que me preparaba un menú vegano que me ponía la boca agua, pero alguna información se debía perder en la cocina, ya que mis platos nunca variaban y eran un full de proteínas: garbanzos, porotos, lentejas, alguna ensaladita sosa y arroz. Entre las flatulencias de Dona Gloria y las mías, estábamos de lujo. Pero poco a poco fue mejorando y me volvió el hambre, y la comida no era tan mala. Me preparaban hasta jugos de naranja exprimida y sándwiches naturales, y nunca faltaba el té antes de acostarse. Les acompañantes también tienen derecho a almuerzo y cena, así que Joel también estaba servido en calidad de “esposo”.

Los días pasaban aburridos. Intenté leer como podía el libro que una compañera de colegio acababa de publicar y que me había enviado en pdf, ayudaba a Joel en su aprendizaje del italiano cuando Duolingo no era suficiente, pero por lo demás, dormía. El dolor me mataba, pero me rebelaba cada vez que me querían suministrar antidoloríficos. Los antibióticos eran obligatorios para la recuperación del ojo, pero el dolor me lo podía aguantar.

Boludeando con Luana y Karol

A veces me la pasaba charlando con Luana con la cual me llevaba muy bien, o con su hermana Karol que me hacía cagar de risa cada vez que venía a visitar. Lu se fue mejorando poco a poco y por fin llegó el alta tan prometida y continuamente postergada. Su cama fue ocupada por mujeres de toda edad que se quedaban normalmente un par de días.

Las semanas pasaban y los intervalos entre un colirio y el otro iban alargándose. Mi ojo iba mejorando, y poco a poco desapareció la capa de pescado muerto y el iris volvió a brillar de su azul intenso. El ojo seguía rojo y bien chiquito, y aún en versión Cuasimodo, Joel parecía no solo quererme sino que de alguna forma encontrarme linda. No sé qué habría hecho sin él, que en el momento de mayor miedo de mi vida se reveló el mejor compañero que podría desear. Además de estar siempre a mi lado, hizo todos los trámites, ya que en Bombas habíamos dejado un piso pagado al pedo y lleno de nuestras cosas, y dos empleos de los que todavía teníamos que recibir plata. En unas cuantas idas y vueltas interminables, vendió como pudo el botellón de gas y el ventilador a un ángel que se ofreció ayudarnos, cobró mis días de trabajo y trajo nuestras mochilas al hospital.

Cuasimodo mochilero

Cuando el alta empezó a estar en el aire, Joel me propuso volver a Italia. Mis papás no habían tomado el primer vuelo a Brasil solo porque lo sabían a mi lado, aunque no habían dejado de hincharme los ovarios hasta que me puse en contacto con el cónsul italiano en Floripa cuyas llamadas constantes lo único que hicieron fue provocar rumores sobre mi persona (Você é famosa? me preguntaban les infermeres). Seguía existiendo la posibilidad de que necesitara un trasplante de córnea, y eso sí que quería hacerlo en la tranquilidad de mi casa.

Feliz con mi papel de alta y el súper equipo de enfermeres del Sao José

El 19 de enero, veinte días después de mi ingreso, recibía el alta. Después unos días encerrades en casa de amigues en Curitiba, el 31 de enero Joel y yo nos embarcábamos en el vuelo que de São Paulo nos llevaría a Boloña. Catorce meses después, hacía regreso a tierras italianas.

Día 20, chauzinho.

Tres meses más tarde, Joel y yo regresamos a Brasil. No necesité operación, pero mi ojo lleva y llevará la cicatriz que comprometió mi visión para siempre y que me sacó otra dioptría y medio de vista.

La manchita blanca que se ve a la izquierda es un souvenir que guardaré foreva and eva.

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4 Respuestas

  1. Delia dice:

    Leí tu historia completa. Eres muy amena para escribir, y muy suertuda por tener un hombre como Joel a tu lado, además de que todo te ocurriera como tu dices en un lugar que aseguraba atención a extranjeros. Tu carita es muy alegre y pareces ser muy buena persona… seguro es por eso que la vida te premia. No deja de ser Una aventura con final feliz

    • Elena dice:

      Hola Delia, y gracias por tus lindas palabras. Tenés toda la razón: tuve suerte bajo muchas circunstancias. Creo que la vida de alguna forma te devuelve lo que le das, o por lo menos, la forma en la que decidís encararla es determinante. Entre todo fue un final feliz, sí. A veces hay que pasar por tormentas para poder apreciar la tranquilidad. Gracias por seguirme, ¡feliz semana!

  2. Alejandro dice:

    Qué garrón!

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